Persiguiendo a la musa.

La hoja en blanco es un reto diario. Para quien pretende hacer de la escritura una profesión y no un pasatiempo, debe sentarse al menos cinco o seis horas todos los días para extraer esos pensamientos que le acechan y ponerlos en papel. Escribir, escribir, escribir y corregir, corregir, corregir es la única manera de saber si esa idea que le ronda rendirá frutos. Si bien es cierto que la inspiración puede llegar en cualquier momento, también es cierto que no es tan común que se aparezca de la nada, siempre es mejor que te pille trabajando. Puede guiñarte el ojo, regalarte una sonrisa, inclusive tocarte la mejilla; si le da la gana. Ella puede sorprenderte en un corto instante, en algo que atrape tu mirada, que huelas en el ambiente, un movimiento que despierte algún sentimiento artístico en tu alma; esos momentos son oportunidades que no puedes dejar pasar y lamentablemente para muchos no ocurre tan seguido, inclusive se ha llegado a comentar que la musa no existe. Yo creo que sí existe, sólo que como todo en la vida hay que ir tras ella, buscarla, escarbar en todo lo posible, hurgar en los recuerdos y las vivencias, exprimir la imaginación, levantar las piedras del camino que llevan hasta su guarida. Me la imagino hermosa y la veo con forma de mujer. Con un aura luminosa que irradia arte hacia todo lo que la rodea, montada en un corcel blanco galopando por las escarpadas pendientes de la creatividad, infundiendo pasión en todo lo que toca a su paso. Es aquí cuando debemos perseguirla, tomar la determinación de alcanzarla, a veces pareciese que entre más nos acercamos a ella, más se aleja. A la musa, como a la mujer le gusta ser conquistada, que le demuestren que vale la pena tenerla de compañera, pues su presea tiene valor incalculable y por tal motivo te pondrá a prueba. No pretende entregarla a quien no se esfuerza. Sabemos que no existe una fórmula perfecta para escribir. A escribir se aprende escribiendo, sobre ensayo y error. No obstante es indispensable tomar en consideración que el oficio del escritor requiere, al igual que otros oficios; de disciplina, esfuerzo, paciencia, amor, coraje, sensibilidad, entrega, positivismo, tenacidad y la lista es interminable, sin embargo, cuando hemos puesto todo de nuestra parte, inclusive hasta inventado palabras o nuevos universos, la musa se apiada. Se detiene un instante un poco más largo, a un lado quizá, de la taza de café, de las colillas del cigarro, del vaso con whisky o la copa de vino a medio terminar, tal vez, se digna a bajar de su corcel y te posa la mano en el hombro, te dicta, te sopla, te inyecta un poco de esa pasión creativa y te invita a dar un corto paseo por su mundo y luego se esfuma. El escritor que ha visto su impresionante belleza, su magnífico poder, se convierte en adicto. Se le vuelve una obsesión sentirla de nuevo y sigue escudriñando entre las letras y su mente, creando con el hilo de pensamientos un puente para volver a verla, pues sabe que en su historia tendrá la recompensa. Su arte plasmado tomará el camino hacia otro ojos, tocará otras vidas, otros corazones, seguirá esparciendo la magia de la musa. Y ella, contenta con el resultado, puede que regrese al escritor y le regale otro soplo, e inclusive un beso al confirmar que él sigue trabajando por conquistarla de nuevo, por pretenderla, por perseguirla sin descanso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Poema.

La importancia de seguir tu instinto.

Filosofando.