lunes, 10 de noviembre de 2014

Caras vemos...

Ésta es una de las anécdotas que más me han dejado perpleja y acongojada. Hace algunos años trabajé en el departamento de compras de una empresa en Ensenada, Baja California. Faustino, mi jefe, era un americano de mediana edad: alto, robusto, con barba y cabello rubio; de carácter afable y respetuoso. Hablaba un español perfecto y evitaba su lengua natal, arguyendo que el español era música para sus oídos. Podría decirse que era el mejor jefe con el que había trabajado hasta esos momentos. Parecía Santa Claus. Éramos cuatro en la oficina, incluido Faustino. Cuatro escritorios colocados en cada esquina del lugar. Faustino sentado de frente a la puerta, controlando la entrada, nadie podía ver la pantalla de su computadora. Él siempre ponía el ejemplo: Llegaba antes y se iba después, jamás escuchamos una queja de su boca; todo era sonrisa y positivismo. Un día no llegó, lo que se nos hizo muy extraño. Nadie supo dar razón de su paradero, tampoco respondía el celular. En ese momento nos percatamos de que jamás hablaba de su familia, no sabíamos siquiera dónde vivía. Pasaron dos días más sin novedad hasta que nos enteramos por el periódico de lo que había sucedido: Faustino estaba preso. Tal fue nuestro asombro al descubrir el motivo de su detención que aun al escribir esta historia se me parte el corazón. No entiendo tanta maldad, no concibo siquiera el pensar en almas tan torcidas que destruyen así la inocencia. Resulta que Faustino era un alias, (se me escapa el nombre de pila) estaba huyendo de las autoridades estadounidenses por pederastia. Había abusado de sus propios hijos y, no conforme con eso, había logrado escapar del país y llegado a Ensenada con documentos falsos y su aire de buen samaritano, para continuar esparciendo su veneno. ¿Por cuánto tiempo habría estado abusando de esos pequeños seres? ¡Qué rabia! ¡Qué impotencia! De pensar que lo tuve frente a mí… Le hubiera escupido a la cara, hubiera sido capaz de arañarlo, de picarle los ojos. Lo capturaron porque las madres de los pequeños, residentes de una colonia de escasos recursos, se les hizo extraño que sus hijos rellenaran los bolsillos con billetes de quinientos pesos. Dieron aviso a las autoridades y luego de seguirlo por un tiempo lo atraparon en un cine. Me pregunto si el haber dejado esas “señales” con el dinero fue el grito inconsciente y desesperado de un demente para que le siguieran el rastro, con el propósito de poner fin a su maldición. Sólo él sabe qué infierno había detrás, empezando por su doble personalidad. ¡Ah! La computadora fue confiscada: Prueba contundente para cerrar el caso. Estuvo frente a nuestras narices y jamás nos percatamos de nada. ¿Quién se lo hubiera imaginado? Caras vemos, mañas no sabemos. Ahora cumple una condena en México y parece que después cumplirá la que le corresponde en Estados Unidos, pero, ¿y los niños, el daño, la fractura, las pesadillas, la angustia, el sufrimiento de las madres y de sus hijos, los malos recuerdos? Es un tema doloroso, oscuro, hiriente. Los que sean padres deben hablar de ese tema con sus hijos, es indispensable romper con cualquier tabú o barrera que se los impida antes de que alguien pretenda hacerles un daño irreparable y les jorobe la existencia.