domingo, 22 de febrero de 2009

Aprendizaje.

Estuve ausente durante casi dos semana y en ese tiempo aprendí una gran lección, en alguno de mis escritos he comentado que siento que Dios nos habla a través de las personas y en efecto lo sigo creyendo, sin emabrgo, también creo que lejos de estar triste por lo que pasó, debo de estar consciente de que no siempre se dan las cosas como pensamos o queremos por alguna específica razón y eso es parte del aprendizaje.
Les contaré brevemente mi anécdota.
Recordarán que tenía pendiente un viaje a Ciudad de México para firmar contrato con el Politécnico Nacional, en el cual se llevaría a cabo la reimpresión de mi primer novela así como la distribición de la misma, pues bien, así lo hice, me dirigí a mi destino con gran emoción y para mi mayor desilusión me encontré con que todo había sido una mentira, el responsable de llevar a cabo la promesa de publicación solo estaba interesado en mi persona, —de la forma que se pueden imaginar claro está— queía un trueque, jajaja. Quizá esté acostumbrado a tratar con gente que no tiene valores y sé que esto está a la orden del día; pero me da coraje saber que personas como esas aprovechen los puestos que tienen para querer abusar de otros, en esta ocasión fui yo, pero ¿a cuántas mujeres les habrá hecho pasar por lo mismo?
Había descartado la idea de hacer comentario alguno al respecto, pero alguien me dijo que me quedara callada, que no había que meterse con personas que tienen poder, que mas me valía dejarlo así, ya que sería yo la única afectada, y ¿saben que? no estoy de acuerdo, no me parece justo tener que callar y hacer como que nada pasó.
Como siempre digo, de lo malo hay algo bueno que aprender y aprendí, a no ser tan confiada y que esta mala experiencia es solo una piedrita en mi camino y su enseñanza me hará mas fuerte, pero sobre todo que nadie debe pasar por encima de nuestros sueños, no me harán perder mi positivismo, no me robarán mis ganas de luchar, de crecer y de lograr ser una gran escritora!! Logró por solo unos días hacer que me deprimiera, pero no más, no le daré el gusto de saber que me lastimó y un día verá alguno de mis trabajos impreso por una gran editorial. Lo sé, lo presiento.

sábado, 21 de febrero de 2009

Inerte.


Al verlo partir, sintió un vacío inexplicable, como si una parte de su ser hubiese perdido las ganas de vivir. La tristeza le invadió el alma, nublándole la vista y provocando que el llanto aflorara para finalmente humedecer sus mejillas, los enrojecidos ojos dejaban traslucir su pena, de eso no había duda.
Jimena tomó las manos de Braulio entre las suyas, éstas empezaban a perder su tibieza, aquellas manos que durante algún tiempo fueron su apoyo, su tesón, su tesoro, aquellas manos que tantas veces le dieron soporte y otras tantas placer, aquellas que en repetidas ocasiones le acariciaron el rostro para limpiar sus lágrimas, ahora no le acariciarían mas, no tendrían vida. Nada en aquel ser tendría vida.
Le acomodó los brazos de forma paralela al torso y sentándose sobre el borde de la cama, observó con nostalgia por última vez el pálido rostro del amor de su vida. Quiso salir de aquel lugar lo antes posible y deseó tener alas para volar, sentir el aire sobre su rostro para que limpiara sus lágrimas, su dolor, su congoja.
Había dejado arreglado todo lo relacionado al funeral una semana antes, cuando Braulio le había pedido que fuera realista y enfrentara la situación. Si no hubiese sido porque él le había hecho jurar que resolvería aquel trámite no lo habría hecho, no, estando él con vida aún, ahora ¿qué le quedaba? Solo los recuerdos de un amor truncado, un amor que le dolía en el alma, un amor para toda la vida.
Jimena acercó su rostro al de Braulio, le besó los párpados, la frente y finalmente los labios. Con un nudo en la garganta le susurró al oído:
— Nos encontraremos pronto, mi amor, se que me estarás esperando donde quiera que te encuentres.
No quiso decir nada mas, ya todo había quedado dicho justo antes de que el alma de Braulio abandonara su cuerpo, para siempre.

¿Cómo enfrentaría la vida? No tenía fuerzas para continuar, no tenía fuerzas para despertar sola cada mañana, sintió escalofríos al encarar la triste realidad y darse cuenta que lo único que le quedaba era el recuerdo.
Se levantó de la cama y dirigió sus pasos hacia la salida, volvió la mirada en rededor y guardó en su memoria aquella última imagen: los aparatos del hospital permanecían en silencio absoluto, los que tantas veces le arrullaron con su característico sonido durante las largas noches de desvelos, la mesita a un lado de la cama que siempre decoraba con flores, la ventana cubierta por cortinas blancas y un pequeño rayo de sol filtrándose por ésta. El cuerpo de su marido… inerte, frío, rígido, sin vida.

martes, 3 de febrero de 2009

Historia en el andén.


El andén se encontraba atestado de personas presurosas por tomar el tren, Ricardo empezaba a desesperarse, la paciencia no era una de sus virtudes, lo único que le importaba en esos momentos era llegar a su destino lo antes posible. Sentado en la banca, extrajo de su bolsillo el reloj que había heredado del abuelo; que en algún tiempo estuvo sostenido con una larga cadena de oro, lo abrió con ansia para consultar la hora y con pesadumbre constató que el tiempo: (ese amo implacable que dominaba a sus esclavos con determinación inflexible y amenazaba con arrebatar la vida a mordidas para afirmar la inminente victoria de la muerte), transcurría presuroso y ya eran las 10.20 de la noche. Tronó sus dedos por inercia, no era que lo pensara sino simplemente era una forma de exteriorizar su nerviosismo, lo hacía desde pequeño, se percató de que sus dedos estaban un tanto chuecos pero no tenía la certeza de que fuera por aquel ejercicio. A lo lejos vislumbró que el tren, finalmente hacía acto de presencia.
Ascendió los dos escalones y se apoyó en el barandal, con aire ligero subió para buscar un asiento, giró su vista en derredor para verificar que hubiese algún asiento disponible y al sentir la vibración característica que producían las ruedas deslizándose por los rieles le invadió el desgano; no tendría más remedio que realizar el trayecto de pie. Sin embargo y para su satisfacción observó gustoso, que una mano se levantaba al fondo del estrecho corredor, anunciándole que finalmente la suerte estaba de su lado. Cuidadosamente atravesó el pasillo, fue grata sorpresa saber que compartiría asiento con una hermosa mujer, le dio las gracias por su amabilidad y posó las nalgas en la gastada butaca que había soportado millones de éstas a través de tantas generaciones, ya que era de los pocos trenes que seguían circulando sin que lo consideraran reliquia y no se explicaba el porque.
De reojo trataba de espiar el perfil de la chica, hasta que ésta lo tomó por sorpresa y le preguntó su nombre. Como adolescente, le contestó un tanto titubeante:
— Ricardo.
— Mucho gusto Ricardo, mi nombre es Laura —Ella estiró su mano en señal de saludo siguiendo el protocolo de la sociedad. — ¿Hacia dónde te diriges?
— Voy a Ciudad del Prado.
—Vaya — exclamó — Yo me quedo a la mitad del camino.
El no supo como interpretar aquella frase, ¿había cierta picardía en el tono de su voz? ¿Acaso eran aquellos ojos color miel que lo estaban volviendo loco? Sin planearlo; sus miradas se cruzaron y perdió sentido todo lo circundante, gracias a Dios que estaba sentado porque de no haber sido así el peso de su cuerpo lo hubiese vencido, de pronto ya no escuchó más. La luna que se asomaba por esa inmensa oscuridad iluminaba los rasgos de Laura tan deliciosamente; que sintió un deseo inmenso de poseerla…..era tan atrayente.
Para su sorpresa, Laura se acercó, poco a poco sus labios se encontraron, húmedos, desesperados, llenos de deseo, un deseo que hace mucho tiempo no experimentaba y lo hacía sentirse vivo, animal. No estaba seguro si continuar o desistir, pero la mujer no hacía ningún intento por alejarse; así es que correría el riesgo. Lentamente su mano izquierda fue subiendo por la pierna de Laura, podía sentir la piel suave, tersa, bendito el cielo la falda era corta— pensó—, un ligero gemido fue emitido de los labios de la mujer, esto lo hacía todo tan excitante ya que no debían hacer ningún ruido, no debían despertar a las personas que se encontraban dormidas en los asientos delanteros, la mano de Ricardo siguió su curso, era algo placentero, se encontró con una prenda de encaje, con avidez manobrió la tela y cuidadosamente con sus dedos trató de hacerla a un lado para poder tocarla, Ricardo estaba hinchado de placer, sus miembros daban la impresión de estar a punto de explotar, el pantalón le apretaba lastimeramente y se estaba debatiendo entre el dolor y el deseo, pero no podía hacer más, los pasajeros se despertarían, un gemido ahogado le aseguró que la chica quedó satisfecha; el ligero temblor en el cuerpo lo ratifico.
— Disculpe, señor— Ricardo sintió una mano sacudir ligeramente su hombro y por un instante no sabía en donde se encontraba, con pesar descubrió que el sueño lo había vencido mientras esperaba el tren que lo llevara a Ciudad del Prado, no recordaba en qué momento pudo pasar y con mayor vergüenza se percato de que sus pantalones estaban muy ajustados del cierre, mas de lo normal, por instinto colocó su sombrero sobre la entrepierna, se irguió de sus asiento y caminó un poco, había sido un sueño tan real….
En fin, que mas daba, el sonido del tren se hizo presente, trepó en el momento preciso, no esperaba quedarse parado, para su fortuna divisó algunos lugares vacíos, tomó asiento con una sonrisa de desilusión, ya que el lugar de un lado se enc6ntraba desocupado.
Por descuido, el reloj que todavía sostenía en la mano calló al suelo, se agachó a recogerlo, —desde cuándo debió de colocarle una cadena aunque no fuese de oro pensó— , para su sorpresa al levantar la vista se topó con las piernas torneadas de una mujer, sin habla, se le quedó mirando.
— ¿Me puedo sentar? — ella le preguntó.
El no supo que decir, petrificado con cara de idiota permaneció unos segundos.
— ¿Está ocupado? Lo que sucede es que ya no hay otro asiento disponible.
— Ccclaro—respondió escuchando su propio eco, actuando como estúpido.
— Gracias.
Ricardo no supo que decir, ¿estaría soñando? Al parecer no. Un mundo de probabilidades se abría ante él, ella tomo asiento al mismo tiempo que le dirigía una sonrisa.
— ¿Cómo te llamas? — Le preguntó Ricardo.
— Laura— dijo ella y sonrió.