lunes, 21 de abril de 2014

Entre pandilleros.

Les comparto mi colaboración en la revista Coma Suspensivos. Entre pandilleros. Las casi tres horas y media que aproximadamente dura el vuelo de regreso del Distrito Federal a Tijuana parecían haberse reducido a una. A algunas personas, cuando saben que escribo, les gusta contarme su historia, y la historia de los dos jóvenes que venían sentados a mi lado me dejó pasmada. Uno es de complexión robusta, llevaba la cabeza rapada y la mayor parte de su piel tatuada con dibujos extraños. Iba vestido con camisa a cuadros, pantaloncillos cortos y anchos, calcetines a la rodilla y tenis blancos. El otro, un poco mas delgado y alto, vestía pantalón café y camisa azul de manga larga. Tenía tatuajes en el cuello y en los dedos. A los pocos minutos de que el avión despegara empezaron a sacarme plática. Preguntaron a qué me dedicaba. Les dije que escribía, lo cual pareció el detonante que les sirvió de desahogo. El de los pantaloncillos cortos se llama José y el de camisa azul Raúl, son hermanos. José tiene 36 años y Raúl 38. Habían pasado una temporada en la capital, visitando a familiares que no conocían. Crecieron en Los Ángeles, California, pero ahora viven en Rosarito, pues los deportaron de Estados Unidos, después de cumplir una condena de varios años por drogas, fraude y asesinato. Pertenecían a una pandilla en el este de Los Ángeles y lo decían con orgullo. Es un mundo que sólo he visto en las películas, y tener a esos dos jóvenes a un lado me pareció una anécdota muy peculiar. —¿Cómo fue que entraron a la pandilla? —quise saber. —You know, desde chicos vemos a nuestros amigos o cousins pertenecer a una, es cuestión de respeto, de protección. —¿Y qué tienen que hacer para pertenecer a ella? —No pos, aguantar chingadazos, te dejan caer patadas por varios minutos hasta que quedas todo madreado —respondió Raúl. —¿Y después? —Pos si aguantas ya estás dentro. —¿Y si te quieres salir? —You can’t —dijo José. —¿No? —Never —afirmó moviendo al tiempo que corroboraba con su cabeza— con la muerte nomás. —Y cuando estaban chicos, ¿qué les decían sus padres? —They were working all the time, so no tenían tiempo de ocuparse de nosotros, cuando morros, se supone que íbamos pa’la school, pero nos íbamos pa’con los friends. Ellos sí nos entendían. —Platíquenme de su pandilla. —We fought por el territorio, you know. Nos hacíamos un vest con magazines, tú sabes, y nos *enteipábamos el chest, pa’que los navajazos no nos perforaran al’hora de defendernos. Me contaron que habían caído en la cárcel en más de dos ocasiones por venta de drogas, por estafas y José por asesinato. Que dentro de la cárcel hay un “cuidador de llaves” al que tienen que rendirle respeto y tributo, tanto fuera como dentro del presidio, entregar la ganancia de la venta de drogas y que éste maneja todo desde ahí. Dentro de la cárcel las divisiones se hacen por razas: Asiáticos con asiáticos, latinos con latinos, negros con negros, anglosajones con anglosajones, etcétera. Batidos en una lucha por el poder. Cuidando siempre sus espaldas. —¿Qué sentiste cuando mataste a alguien? —le pregunté a José. —¡Me sentí liberado! La expresión de sus ojos, de su rostro y la misma respuesta me dejaron sin aliento. Nunca había tenido de frente a un asesino confeso. ¿En qué momento su vida había tomado ese rumbo?, ¿habría tenido oportunidad de elegir?, ¿hasta qué punto se puede culpar a los padres por las acciones de los hijos? Cuando esos padres, de México o de cualquier otro país, llegan a Estados Unidos con la esperanza de una vida mejor para ellos y su familia, pensando que “el otro lado” es todo color de rosa, la verdad es que se enfrentan al racismo, al rechazo y a la dificultad del idioma. Viven amontonados en una casa pequeña, porque no les alcanza para más. Las segundas generaciones no pueden comunicarse, muchos se niegan a hablar español, los aleja cada vez más una barrera invisible que transforma sus relaciones. Dolorosamente se avergüenzan de sus raíces y es una pena. Los integrantes de las pandillas encuentran en esa unión una nueva hermandad. Los envuelve una bruma de violencia y lucha por dominar el territorio, “que no se metan con su calle, que no les roben clientes a su droga o lo van a pagar”, cubiertos de ira desfogan sus miedos, su propia angustia, enterrando la navaja. Los mueve el dinero, el sexo y la droga, no entienden de valores, ¿cómo van a comprender algo que no les fue inculcado? Claro, existen las excepciones, pero los que viven en un barrio donde los primos, los hermanos, los amigos, los vecinos forman parte de una pandilla no tienen muchas opciones y pertenecer a ella les brinda la seguridad que no encuentran en otra parte, —le entras o le entras— me dijo Raúl. El vuelo había llegado a su destino y la plática no daba para más. Cada quien tomó su rumbo. Nos despedimos, los vi alejarse, símil de almas en pena, fantasmas enclenques… Han pasado cinco años del encuentro con esos dos chicos, a veces me pregunto, ¿seguirán con vida?, ¿tratarían de cruzar la frontera ilegalmente para regresar al único mundo que conocen?, ¿formarían su propia pandilla? Lo cierto es que repiten un patrón de conducta y al parecer no termina. Es un ciclo que sólo unos cuantos logran romper. Mientras tanto, los integrantes de esos barrios siguen protegiendo sus espaldas, con revistas amarradas al pecho, armas blancas o de fuego para hacerse fuertes y de esa forma sobrevivir, pues nunca saben si en la siguiente pelea ganarán la batalla.

sábado, 5 de abril de 2014

Una experiencia ecuestre muy diferente.

Les comparto mi escrito para la revista Coma Suspensivos. www.comasuspensivos.com.mx Andrea es una niña de piel clara, cabello oscuro y rizado, recogido en dos coletas. Tiene seis años y parálisis cerebral. La conocí un lunes hace un par de semanas, durante su equinoterapia. Estaba recostada, bocabajo sobre el lomo de Castaña, un caballo color canela. —Hola Andrea —saludé. Ella, al escuchar mi voz, hizo un gran esfuerzo por volver su cabeza y fijar la mirada. Le llamaron la atención mis lentes de sol, me di cuenta porque arrugó el entrecejo y después mostró el asomo de una sonrisa, que le cambió la expresión en el rostro. —¿Cuánto tiempo lleva tomando la terapia? —pregunté a Magui, la encargada —Tres años. —¿Ha notado evolución desde que iniciaron? —quise saber. —Sí, ha sido increíble —respondió—, cuando Andrea llegó era semejante a una muñeca de trapo, no tenía nada de fuerza. Ahora ya puede empujarse un poco y aunque ha sido lento, estamos muy contentos con el avance. Sabemos que va a seguir mejorando. Me acerqué a la niña, extendí mi mano para tocarla. Ella tomó mi dedo índice y lo envolvió con sus deditos. Entendí su saludo: Un ligero apretón. Con él me decía hola, me contaba que la terapia iba bien. Quise observar un poco más del método terapéutico. Andrea se abrazaba al caballo, sintiendo la crin, dejándose llevar por la cadencia del animal, al tiempo que Magui se encargaba de protegerla, caminado a un lado. La equinoterapia estimula las articulaciones y los músculos del ser humano. Se presume que los movimientos del caballo son semejantes al caminar del hombre, por tanto, las personas que tiene alguna discapacidad se sienten protegidas y fuertes con el vaivén del equino. Esta actividad rehabilitadora provoca una evolución en el área psicológica, congnitiva, neuromuscular y social, disminuyendo así la ansiedad, ayudando a superar los miedos, estimulando la comunicación, mejorando la capacidad respiratoria, fortaleciendo los músculos, entre muchas otras más ventajas. La bondad de los animales es sanadora. ¿Cuántos de nosotros, que tenemos y convivimos a diario con una mascota podemos dar testimonio del amor incondicional que son capaces de dar? En este caso, Castaña muestra una paciencia y una docilidad que van más allá del simple entendimiento y comportamiento animal, es como si supiera a la perfección que Andrea necesita de su apoyo. Existe una conexión, un enlace que se siente, se percibe en el aire, un hilo dorado que los engancha, los ata de manera mágica, profunda, espiritual. No hay necesidad de hablar, tan sólo de sentir, de palpar. Las manitas de Andrea tocan a Castaña y esto le despierta las sensaciones, los sentidos. Castaña, por su parte, percibe la sinceridad que existe en el corazón de Andrea y continúa su paso, le transmite esa fortaleza de animal salvaje, de trote seguro, de libertad y se vuelven uno, confían, avanzan, experimentan. Veo la escena y no puedo evitar compararla con la fragilidad de la vida y sus enseñanzas. Para Andrea es un caballo, para mí ese caballo es un sueño, una meta, una pasión. ¿Cuántas personas en este mundo no aprovechan la oportunidad de subirse a ese caballo para crecer, avanzar, mejorar en cualquiera que sea ese sentido? Haber conocido a Andrea y la equinoterapia de cerca, aparte de percibir la fortaleza de la pequeñita para enfrentarse a la vida, me deja también la moraleja de que no importa el impedimento al que nos enfrentemos, la fortaleza de espíritu es mucho más poderosa que el esqueleto.

miércoles, 2 de abril de 2014

Autoestima.

Hace poco me hicieron una pregunta. Cómo puedo mejorar mi autoestima? La mejor solución sería, tener una varita mágica para arreglar nuestros defectos, resolver los pendientes, corregir los errores y bueno, la lista de deseos continua..., lo cierto es que nadie puede solucionarte nada, habrá algunas excepciones donde los padres, los amigos, el novio, el marido, el dinero, te ayude "por encimita" a maquillar algún pendiente, o problema, que te haga sentir cómodo o comprendido, inclusive aceptado, pero en el fondo, sigues con los mismos temores, acumulas inseguridades que te van debilitando al momento de hacer frente a "x" situación que demande tu coraje. Y es ahí cuando te das cuenta de cómo está tu autoestima. Por ejemplo. Si el novio te engaña con otra chica (supongamos que sucede en la etapa adolescente) lo perdonas y regresas? lo perdonas y lo dejas ir? No lo perdonas pero guardas resentimientos? Sabemos que la traición es un golpe al ego, también depende de cuánto te valores o valores la situación. Por ejemplo, tu jefe o jefa, sabe que tienes talento y no te paga lo que mereces ni reconoce tu esfuerzo,(como miles de casos) lo enfrentas? abordas el tema con tiento? te sientes fuerte para buscar otras opciones? Esperas a que alguien te valore? Por cuánto tiempo te quedas trabajando ahí? Otro caso muy común, es que te gustaría correr nuevos retos, hacer algo artístico por mencionar algo (como también es mi caso), pero esos retos también incluye exponerte a las críticas, por ende aceptar el rechazo. Te animas de cualquier forma? pues esos son algunos ejemplos para conocer cómo está tu autoestima. Lo que a mi me ha resultado es saber qué tan al pie de la letra cumplo mis propias promesas. Tomaré el ejemplo del novio traicionero, situación que me ocurrió en varias ocasiones. Cuando mi primer novio a los quince años me pintó el cuerno con otra niña, supe muy en el fondo que eso estaba mal, un instinto de inconformidad me gritaba que no podía volver a tomarlo de la mano, sabiendo que había bailado con otra,tampoco podía volver a besarlo,(cosa que intenté cuando pidió mi perdón) y entonces lo terminé, siguiendo a la voz que me gritaba respeto. Lloré su traición y no volví a tener novio sino hasta cuatro años después. Tanto me marcó ese engaño, pero quedé muy satisfecha de saber que estaba siendo fiel y honesta a mi sentir. En eso creo que radica el autoestima, en darte el valor que tú quieres darte y que exiges que otros también te den. Eso te va formando el carácter. Es un conjunto de integración tanto de pensamiento, de aceptación, vivencias, oportunidades y fuerza de voluntad. Es un camino difícil cuando se crece con inseguridades, aunque lo importante es reconocer esas inseguridades, tener la capacidad para analizarse, criticarse de manera constructiva y abierta de tal forma que podamos ver los errores. También creo que algo fundamental es el perdón, pues así te liberas. Me ha costado más trabajo, en algunas ocasiones, perdonarme a mí misma por las estupideces cometidas que dejar ir el pasado en sí. Entonces, con respecto a la pregunta de cómo mejorar el autoestima, sabemos que no es sencillo, lo que para unos funciona para otro no, cada cabeza es un mundo y cada espíritu es distinto, lo que sí creo es que si algo merma tu espíritu, está mermando lentamente tu autoestima y por ahí debes empezar a fortalecerte.