lunes, 13 de octubre de 2014

El extraterrestre y yo.

La primera vez que vi al extraterrestre eran las seis de la mañana, a mediados de enero de 2003. Lo recuerdo perfecto, como si hubiera sido ayer, pues la impresión que me causó la llevaré conmigo toda la vida, así como su imagen. No puedo explicar con palabras la sensación que experimenté, era tan distinta al miedo o al temor, era tan peculiar como ese ente que tenía enfrente, quizá porque los miedos son aprendidos y temerle a un extraterrestre no estaba en la lista. Abrí los ojos por la fuerza de la luz que había en la ventana de mi recámara y lo descubrí ahí, parado a un lado de mi cama, observándome con sus ojos negros de ónix, con su piel translúcida entre el gris espectral y el blanco etéreo: Era bajito, flaco y sin sexo, con una raya delicada por boca y dos pequeños orificios en la nariz. Se quedó mirándome por un minuto o lo que a mí me pareció un minuto; yo, creyendo en ese momento que estaba en un sueño, me percaté que no era así y salí de la modorra para quedar estupefacta al comprender que eso que me pasaba cada vez más seguido y que no encontraba explicación al momento de quedarme dormida, era debido a ese ser extraño. De alguna manera estaba ahí para decírmelo y por muy loco que parezca, sentí que se estaba despidiendo. Recuerdo haber pensando: Dios mío, es un extraterrestre, por eso cuando rezo no se va. El extraño visitante empezó a desvanecerse lentamente, dejándome con más incógnitas que las que me venía planteando desde tres años atrás. Una vez que se fue, me incorporé y me dirigí a la recámara de mis papás. Me paré a un lado de mi padre. —¿Qué tienes?—, me preguntó medio dormido al percibir mi presencia. —Acabo de ver un extraterrestre en mi cuarto. Mi mamá volteó a verme y mi papá me miró sin decir nada, abrió las cobijas y me acurruqué en el medio de los dos. Todo empezó en julio de 2000. Estaba quedándome dormida cuando noté una energía muy fuerte que paralizó todo mi cuerpo, escuché un sonido muy similar al que emiten los trenes al momento de iniciar la marcha, después percibí unas palabras que no entendí y la sensación de agua en el oído. Luché por abrir mis ojos y alcancé a vislumbrar una nube blanca que empezaba a desvanecerse. Aturdida, pensé y me dije: Es sólo un mal sueño. Sin embargo, ese “mal sueño” siguió ocurriendo cada vez con mayor frecuencia, sin importar donde estuviera, lo mismo en mi casa, en el rancho de mis abuelos en San Vicente o en la casa de mis tíos en Carson, California. Luego de varios meses, me animé a contarle a mi mamá, porque llegué a tener miedo de quedarme dormida. Nunca he sido muy religiosa, aunque viendo la situación, prendí inciensos, eché agua bendita y repeti los padres nuestros que fueran necesarios para sentirme protegida. No obstante, era inútil, pues inclusive cuando estaba luchando, por así decirlo, con la energía extraña y yo consciente, me aferraba a la plegaria aprendida de memoria y nada. Se iba cuando le daba la gana, dejándome con muy pocas fuerzas y la impresión de haber salido del planeta. Estuve lidiando con eso por tres años, luchando por encontrarle una explicación lógica, sin encontrarla, hasta esa mañana de enero donde pude ver al extraterrestre y al fin descansé. Desde entonces, no ha vuelto a sucederme, he contado esta anécdota muy pocas veces, pues entiendo que la mayoría de la gente no crea, ya que literalmente es algo increíble. Meses después estaba viendo un programa de un canal de Londres, donde entrevistaron a personas que habían tenido contacto con extraterrestres. Me quedé muy sorprendida al comprobar que eran las mismas experiencias que yo había tenido. A diferencia de una marca atrás del cráneo, que se borraba en un tiempo, si la tuve o no, ya no hay manera de comprobarlo. Hasta la fecha, salgo por las noches, observo las estrellas y me pregunto: ¿Qué hay más allá? Sinceramente, me gustaría volver a ver al extraterrestre, tengo muchas preguntas por hacer, me siento privilegiada de haber vivido esa experiencia tan extraordinaria, tan única. Me queda claro que no estamos solos y que hay vida en otros planetas. Que quizá somos observados por otros, al igual que nosotros observamos a las hormigas; que, por cierto, tienen mucho parecido con los humanos, pero ése es otro tema…

miércoles, 1 de octubre de 2014

Sofocando el llanto.

Hace algunos días estaba leyendo un artículo sobre Las Plañideras, mujeres que contrataban en el antiguo Egipto para expresar el dolor en los funerales, porque los deudos tenían prohibido llorar en público. Se vestían con túnicas azuladas, los senos al aire libre y el cabello suelto. Elevaban los brazos como signo de desolación y lloraban a grito abierto, quizá recordando a sus muertos, alguna pena propia o vaya usted a saber, tal vez sólo sacaban a relucir su vena actoral. Luego los romanos continuaron con esa tradición, pensando que el número de plañideras contratadas indicaba su estatus social y también el aprecio por el difunto. Lo que más llamó mi atención es que usaban un vaso especial llamado lacrimatorio, para guardar las lágrimas, y lo enterraban con los restos mortuorios, para honrar al difunto. En cuanto a la tradición cristiana, se creía que esas mujeres con sus llantos desgarradores abrirían las puertas del cielo. Para mí, el llanto es una válvula de escape que me desinfla y a la vez sirve para deshacerme de todo sentimiento negativo. Por eso pensé, por ejemplo, cómo sería en aquel tiempo para una madre tener que aguantar las lágrimas por la muerte de su hijo, aparentar tranquilidad y comportarse a la altura de lo que exigía el protocolo. El retener las emociones genera pesar en nuestro espíritu, y si pensamos que todo es energía, nuestras emociones son la expresión misma de ella, por eso se transforma o se exterioriza a través de acciones como la palabra, el llanto o la risa, por mencionar algunas. Aun en la actualidad, nos enfrentamos a esa presión egipcia: Quién no ha escuchado “Los hombres no lloran” o “Estás llorando como niña” y miles de frases similares que orillan a reprimirse hasta que toda la carga a lo largo de los años puede detonar en una serie de complicaciones físicas y psicológicas, pues nadie quiere lucir débil ante los demás. El ser humano, entre más niega, se cierra o aferra a algo, incrementa y otorga poder a eso de lo que pretende huir y lo único que logra es dañarse a sí mismo. El insomnio, la conducta compulsiva, las adicciones, el estrés o los problemas digestivos, pueden ser un ejemplo del lenguaje corporal que se manifiesta por el sofoco de las emociones (claro, existen muchos otros detonantes y es mucho más complejo que eso, pero centrémonos en el tema de no expresar lo que sentimos). Sé que no es tarea fácil arrancar el bagaje negativo y transformarlo en ese cristal salado que nuestra ventana del alma deja escapar al abrir la válvula de desfogue, pero, sin duda, el llanto es una liberación, un torrente que limpia. Incluso en países como Japón o Chile practican la terapia del llanto. El Dr. Hugo Fuchslocher menciona que: “Las lágrimas contienen hormonas muy similares a las del crecimiento. De esta manera el llanto en los adultos podría relacionarse también con procesos evolutivos a nivel interno, como lo son la maduración y la elevación a nivel conciencia”. Así que no tengamos pena de expresarnos o de llorar como plañideras (digo, tampoco es que vamos a ir “chillando” por los rincones a cada rato, pero sí encontrar un momento para limpiar el interior). Sintámonos orgullosos de que somos lo suficientemente valientes y tenemos la fortaleza de ser nosotros mismos y de perseguir nuestra felicidad sin importar lo que piensen los demás. Al fin de cuentas, de eso también se trata este viaje de la vida: De expresarnos con palabras, con gestos, con abrazos y, ¿cómo no? ¡Con lágrimas!