lunes, 28 de enero de 2013

Este es un cuento que escribí hace tiempo, se los comparto. El andén se encontraba atestado de personas presurosas por tomar el tren. Ricardo empezaba a desesperarse, la paciencia no era una de sus virtudes y lo único que le importaba en esos momentos era llegar a su destino lo antes posible. Sentado en la banca extrajo de su bolsillo el reloj que había heredado de su abuelo; que en algún tiempo estuvo sostenido por una larga cadena de oro. Lo abrió con ansia, apesadumbrado constató el tiempo; el poco tiempo que le quedaba… y se sintió cual esclavo dominado por una determinación inflexible y temeraria, amenazando con arrebatarle la vida a mordidas, afirmando la inminente victoria de la muerte, mostrando unos colmillos filosos y a punto de hincar en cada minuto. Iban a dar las once de la noche. Hizo crujir sus dedos por inercia, no era que lo pensara, sino como una forma de exteriorizar su nerviosismo, una costumbre que cargaba desde pequeño. Se percató de sus dedos torcidos y se concientizó de ellos, le disgustaban, le parecieron gusanos chuecos y cabezones. A lo lejos vislumbró que el tren, al fin hacía acto de presencia, con diez minutos de retraso. Ascendió los peldaños y se apoyó en el barandal. Con aire ligero subió para buscar un asiento. Giró su vista en derredor para verificar que hubiese alguno disponible mientras sentía la vibración que producían las ruedas al deslizarse por los rieles. Le invadió el desgano; no tendría más remedio que realizar el trayecto de pie. Sin embargo, su fastidio se esfumó al advertir que una mano al fondo del vagón le indicaba que había un asiento disponible. Después de aquel día tan pesado al menos la suerte estaba de su lado y no te dría que aguardar dos horas parado. Atravesó el estrecho pasillo deteniéndose entre asiento y asiento. Se llevó una grata sorpresa al saber que compartiría asiento con una hermosa mujer, le dio las gracias por su amabilidad y poso las nalgas en la gastada butaca que había soportado millones de éstas a través de los años entre idas y vueltas de pueblo en pueblo. De reojo, trató de espiar el perfil de la chica, hasta que ésta lo tomó por sorpresa y le preguntó su nombre. Como adolescente, le respondió titubeante: — Ricardo. — Mucho gusto Ricardo, yo soy Laura — y le ofreció una linda sonrisa que mostraba una hilera de dientes blancos como terrones de azúcar —. ¿Hacia dónde te diriges? — Voy a Ciudad del Prado. — Vaya —exclamó — Yo me quedo a mitad del camino. Él, no supo cómo interpretar aquella frase, ¿había cierta picardía en el tono de su voz, o se lo estaba imaginando? ¿Acaso empezaba a delirar por aquellos ojos color miel o era el cansancio que lo hacía sacar conjeturas erróneas? La luna que se asomaba por esa inmensa oscuridad, iluminaba los rasgos de Laura tan deliciosamente que sintió un deseo inmenso de poseerla. Sin planearlo siquiera, sus bocas se encontraron y perdió el sentido de lo circundante… reconoció sus labios como si los hubiera estado esperando toda la vida, húmedos, desesperados, llenos de pasión, con un sentimientos que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Laura se acercó un poco más. No estaba seguro de continuar o desistir, pero la mujer no hacía ningún intento por alejarse; así que correría el riesgo. Con lentitud su mano izquierda fue subiendo por la pierna de Laura, podía sentir la piel suave, tersa —bendito el cielo que llevaba la falda corta — pensó. Un ligero gemido fue emitido de los labios de la mujer, esto lo hacía todo tan excitante ya que no debían de hacer ningún ruido, no debían despertar a las personas que se encontraban dormidas en los asientos delanteros. La mano de Ricardo siguió su curso, se encontró con la braga de encaje y con avidez maniobró la tela haciéndola a un lado con sus dedos huesudos, Ricardo estaba hinchado de placer, el pantalón apretado hacía que se debatiera entre el dolor y el deseo. No podía más, ya no quería perder más tiempo, aquel era el momento perfecto para actuar. Se llevó la mano al bolsillo, palpó el reloj del abuelo y la navaja, tomó esta última y la enterró con presteza en la yugular de Laura, en un corte perfecto. Ella ahogó un gemido detenido entre la mano huesuda de Ricardo, a la vez que la recostaba en el asiento. —Disculpe señor. Ricardo sintió una mano sacudirle el hombro. Por un instante no supo dónde se encontraba. El sueño lo había vencido mientras esperaba en la estación de tren que lo llevaría Ciudad del Prado. No recordaba en qué momento pudo pasar y con pena se percató de que lo ajustado de sus pantalones lo delataban, se colocó el sombrero sobre la entrepierna tratando de disimular. El sonido del tren lo regresó al fin a la realidad. Sacó su reloj, revisó la hora, se trepó en el momento preciso, atravesó el estrecho pasillo, se dirigió hasta el último asiento. Volvió a sacar su reloj con esas manos de gusano que tanto detestaba, y por descuido lo dejó caer, se agachó molesto para recogerlo — Desde cuándo debió colocarle una cadena aunque no fuese de oro —pensó. Al incorporarse se encontró con una mujer de piernas torneadas y sonrisa agradable. —¿Me puedo sentar? Ya no hay otro asiento disponible, ¿está ocupado? — preguntó la chica. El, respondió con un movimiento afirmativo de cabeza, le hizo un espacio a la chica al tiempo que palpaba con sus dedos de gusano, el bolsillo de su pantalón para sentir la navaja.

miércoles, 16 de enero de 2013

Les comprarto mi escrito para la Revista Reportaje.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Para quienes compartimos el gusto por los libros, asistir a la segunda feria más importante a nivel internacional nos llena de regocijo; recorrer los pasillos de la FIL Guadalajara, con sus estantes repletos de diversas portadas, cientos de editoriales, variedad de géneros literarios, de mundos e historias ocultas entre las páginas dispuestas a ser descubiertas por algún lector ávido de aventuras, de conocimiento, de aprendizaje: Un sin fín de opciones a escoger para saciar a todo tipo de público. Se percibe un ambiente de camaradería, de unión por el mismo deleite. Dentro de ese marco, estuve presentando mi segunda novela, Expediente 93, lo cual me llena de una gran satisfacción; sin embargo, lo que también me llena de satisfacción es poder ser un instrumento más para exhortar a los jóvenes que comparten la misma inquietud y el amor por las letras, a que persigan sus sueños, ya que considero que es lo que nuestro país necesita, más apoyo y aliento en el ámbito literario. La escritura es una profesión ardua, en muy pocos casos remunerable. Se escribe por amor al arte, por placer, por devoción, por ese sentimiento que te recorre el cuerpo y que te exige exorcizar pensamientos, emociones, en ocasiones persiguiendo musas, interpretando enigmas ocultos en los recovecos de la piel o buscando respuestas entre el teclado (antes tintero). Quizá, tan sólo se escriba para cerciorarnos de que no se esfume una idea, un pensamiento, para perdurar en el tiempo. El ser humano necesita del arte para sensibilizarse y apreciar lo bello de la vida, para olvidarse un poco de la triste realidad en la que vivimos, para combatir la ignorancia y la carencia, no nada más monetaria, sino de espíritu. Estando en la sesión de preguntas y respuestas de mi ponencia, una chica me preguntó si no me daba vergüenza publicar mis escritos por el miedo a que no gusten o a la burla. He tenido varias presentaciones tanto de Expediente 93 como de La huida, y nunca nadie me había preguntado tal cosa. Imaginé que así como ella tenía esa inquietud (por razones obvias se estaba proyectando) seguramente habría varios jóvenes con el mismo temor, ya que podemos pensar o sentir que el tema literario es elitista, lo cual en algunos casos es cierto; no obstante, todos iniciamos por algo y la misma vida, el tiempo y el esfuerzo nos hacen madurar y crecer. Así que le aconsejé no darse por vencida: Todos hemos pasado por críticas u obstáculos, pero no debemos permitir que eso nos detenga; por el contrario, hay que perseguir nuestro objetivo. La chica al final de la conferencia, se acercó a mí para agradecer mis palabras, dejando la sala con una sonrisa y prometiendo enviarme sus letras para compartirlas conmigo. Cuando escribo, no pienso en quién leerá mis novelas. Simplemente me dejo llevar por los hilos de la imaginación creando personajes, ambientes, lugares que transporten al lector y lo hagan olvidarse de la rutina. Pero cuando encuentro a jóvenes como ella y los animo a que no renuncien sin antes intentarlo y volverlo a intentar, sé que no nada más escribo novela, sino que participo y contribuyo a fomentar la cultura, y eso, me enorgullece tanto como ver mis escritos publicados.