viernes, 30 de mayo de 2014

Amor Incondicional

Estaba sentada en la recepción del consultorio médico esperando ser atendida. Frente a mí, una señora de edad adulta me sonrió. Éramos las únicas en la sala y para olvidarnos del tiempo, empezamos a platicar. El tema recayó en su niñez, me dijo que había sido educada en el colegio Guadalupe Victoria, una escuela fundada y dirigida por monjas. Yo de niña estudié en la primaria Matías Gómez, ésta se encuentra contra esquina de ese colegio. Siempre me preguntaba cómo sería estudiar ahí, dentro de esas enormes paredes pintadas de azul y rejas negras. Me imaginaba historias terroríficas de monjes que espantaban o de monjas regañonas. La señora se rió al comentarle mis pensamientos. — No, las monjitas eran muy buenas — aseguró. — Y, ¿por qué estaba estudiando usted ahí? — Mi mamá me internó cuando yo tenía ocho años, eso fue en 1942, estoy a punto de cumplir ochenta — se sonrió. Llegué cuando la escuela iba empezando y era una casita pequeña. Éramos sólo siete niñas, yo era la número siete. Nos asignaban números para que no mezcláramos la ropa. Mi mamá me dejó ahí porque estaba enferma, sabía que se iba a morir y quería que tuviera una buena educación. Vi la tristeza a través de sus gafas de aumento. — ¿Qué les enseñaban? — quise saber. — Primero, nos levantábamos a las seis y teníamos quince minutos para tender la cama, otros quince para arreglarnos e ir al comedor, pues antes de las siete debíamos asistir a misa. Luego al finalizar la ceremonia íbamos a clases. Nos enseñaban español, geografía, historia, matemáticas también a coser y bordar. Sentí ternura por la viejita, sus ojos brillaban al recordar. — Tardé mucho en recuperarme de la separación de mi mamá — me dijo — entré en depresión porque la veía muy poco, perdí el apetito, así que bajé mucho de peso. Luego poco después de que cumplí diez años se murió — me contó con un nudo en la garganta. — Lo lamento — es lo único que atiné a decirle, sentí congoja al ver que se le llenaban los ojos. — Sí, ya ves, han pasado setenta años y aún no puedo superar su pérdida. Me hubiera gustado mucho poder tenerla a mi lado, hablar con ella, abrazarla — mientras me contaba yo trataba de ser fuerte y buscar la manera de cambiar la conversación. Qué pena señora, ya la hice llorar — dije preocupada. — No te apures, me has hecho revivir lindos momentos — me sonrió — las monjitas hicieron todo lo posible por darme amor, pero nada ni nadie puede igualar el amor de una madre. Llegó el momento de mi consulta y me despedí de la señora. Mientras agradecía en silencio a Dios por la fortuna de tener a mi madre conmigo. Sé que nunca será suficiente, ni habrá forma de retribuir el amor incondicional de una madre. Esa primera persona que conocemos, con la que nos une un lazo férreo e indestructible y lo reconocemos desde el primer momento. Es en quien la naturaleza posó su sentimiento más sublime para darle forma y convertirlo en madre. La madre es el ciclo de vida, ejemplo de fortaleza, núcleo de todo ser humano. Bebemos la leche materna y nos fundimos en uno, madre-hijo, hijo-madre, en un acto bello de energía luminosa tan antiguo como la vida misma, en un pacto de amor que trasciende espacios, lugares y fronteras. Yo soy en gran medida lo que soy por mi madre. Mi madre se llama María de los Ángeles Rodríguez López y como su nombre lo dice, ha sido el ángel de guía, protección, valor y enseñanza. Gracias, mami, por estar siempre ahí, por darme tu tiempo, tu paciencia, tu cariño. Tu amor incondicional. ¡Te amo!

viernes, 9 de mayo de 2014

Yo, de niña.

Es con el corazón como vemos correctamente; Lo esencial es invisible a los ojos. Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. Todos tenemos anécdotas que recordar de la niñez, pues esas experiencias han contribuido a nuestro desarrollo e inclusive, influyen en la etapa adulta para tomar decisiones, ya que nos hemos forjado durante ese periodo y gran parte de lo que somos hoy es un reflejo de ello. Nos marcan las personas, las experiencias, las situaciones, favoreciendo al cúmulo de vivencias y reminiscencias, así como del despertar en el asombro y la curiosidad. No recuerdo dónde leí o escuché que cuando no encuentras tu vocación o tu pasión, pienses en tu niñez e intentes hacer de tu vida un juego. Yo, cuando pienso en mi niñez, pienso en mi prima Gloria. Mi prima Gloria es un ser maravilloso y fuerte, un ejemplo de vida. Era gemela. Las niñas adelantaron su llegada a este mundo con cinco meses de gestación, un 17 de mayo de 1980. Los médicos creían que no pasaría la noche, aun así, introdujeron su pequeño y flácido cuerpo en la incubadora. Para su sorpresa Gloria vivió. Cecilia pereció al día siguiente. Mi prima Gloria se enfrentó al mundo sin vista, por la negligencia médica de no vendar sus ojos cuando estuvo en la incubadora, sin embargo, esa discapacidad no detuvo su caminar por la vida. Sus ganas de oler, de probar, de tocar, de escuchar, de sonreír. Desarrolló todos los sentidos para sustituir el faltante, que a fin de cuentas, nunca conoció. Te pregunto, ¿cómo juegas con una niña de tu edad que no ve? Muy sencillo. Usando el resto de los sentidos igual que ella. Jugando con la imaginación. Creando historias. Comiendo nieve, galletas, papitas, dulces, pasteles de chocolate. Inventando canciones, disfrazándote, dejando que sea tu muñeca, para pintarla y vestirla y luego al revés, aunque el maquillaje no quede parejo. Narrando las caricaturas de la tele, o escuchando los discos de Cri-Cri, haciendo galletas de lodo o, simplemente, tirarte en el pasto para sentir el viento sobre el rostro. Gloria me enseñó a ver la transparencia del alma, a apreciar a las personas por cómo se siente su vibra y su energía, no por lo que llevan puesto o por la belleza física, sino por el tono de su voz y, sobre todo y lo más importante, a enfrentar el día a día con entereza y tesón, a ser fuerte a pesar de las adversidades, a vivir libre de rencores o de complejos. Por eso, cuando me enfrento a un problema, recuerdo a mi prima y todo me parece más sencillo, pues como ella, las personas con alguna discapacidad son una especie de ángel, que vienen a enseñarnos sobre las cosas esenciales de la vida, como el amor, la fe y la certeza de que estamos aquí para aprender y ayudar a otros, sobre todo a recordarnos que nunca debemos olvidarnos del niño que llevamos dentro.