Entre pandilleros.

Les comparto mi colaboración en la revista Coma Suspensivos. Entre pandilleros. Las casi tres horas y media que aproximadamente dura el vuelo de regreso del Distrito Federal a Tijuana parecían haberse reducido a una. A algunas personas, cuando saben que escribo, les gusta contarme su historia, y la historia de los dos jóvenes que venían sentados a mi lado me dejó pasmada. Uno es de complexión robusta, llevaba la cabeza rapada y la mayor parte de su piel tatuada con dibujos extraños. Iba vestido con camisa a cuadros, pantaloncillos cortos y anchos, calcetines a la rodilla y tenis blancos. El otro, un poco mas delgado y alto, vestía pantalón café y camisa azul de manga larga. Tenía tatuajes en el cuello y en los dedos. A los pocos minutos de que el avión despegara empezaron a sacarme plática. Preguntaron a qué me dedicaba. Les dije que escribía, lo cual pareció el detonante que les sirvió de desahogo. El de los pantaloncillos cortos se llama José y el de camisa azul Raúl, son hermanos. José tiene 36 años y Raúl 38. Habían pasado una temporada en la capital, visitando a familiares que no conocían. Crecieron en Los Ángeles, California, pero ahora viven en Rosarito, pues los deportaron de Estados Unidos, después de cumplir una condena de varios años por drogas, fraude y asesinato. Pertenecían a una pandilla en el este de Los Ángeles y lo decían con orgullo. Es un mundo que sólo he visto en las películas, y tener a esos dos jóvenes a un lado me pareció una anécdota muy peculiar. —¿Cómo fue que entraron a la pandilla? —quise saber. —You know, desde chicos vemos a nuestros amigos o cousins pertenecer a una, es cuestión de respeto, de protección. —¿Y qué tienen que hacer para pertenecer a ella? —No pos, aguantar chingadazos, te dejan caer patadas por varios minutos hasta que quedas todo madreado —respondió Raúl. —¿Y después? —Pos si aguantas ya estás dentro. —¿Y si te quieres salir? —You can’t —dijo José. —¿No? —Never —afirmó moviendo al tiempo que corroboraba con su cabeza— con la muerte nomás. —Y cuando estaban chicos, ¿qué les decían sus padres? —They were working all the time, so no tenían tiempo de ocuparse de nosotros, cuando morros, se supone que íbamos pa’la school, pero nos íbamos pa’con los friends. Ellos sí nos entendían. —Platíquenme de su pandilla. —We fought por el territorio, you know. Nos hacíamos un vest con magazines, tú sabes, y nos *enteipábamos el chest, pa’que los navajazos no nos perforaran al’hora de defendernos. Me contaron que habían caído en la cárcel en más de dos ocasiones por venta de drogas, por estafas y José por asesinato. Que dentro de la cárcel hay un “cuidador de llaves” al que tienen que rendirle respeto y tributo, tanto fuera como dentro del presidio, entregar la ganancia de la venta de drogas y que éste maneja todo desde ahí. Dentro de la cárcel las divisiones se hacen por razas: Asiáticos con asiáticos, latinos con latinos, negros con negros, anglosajones con anglosajones, etcétera. Batidos en una lucha por el poder. Cuidando siempre sus espaldas. —¿Qué sentiste cuando mataste a alguien? —le pregunté a José. —¡Me sentí liberado! La expresión de sus ojos, de su rostro y la misma respuesta me dejaron sin aliento. Nunca había tenido de frente a un asesino confeso. ¿En qué momento su vida había tomado ese rumbo?, ¿habría tenido oportunidad de elegir?, ¿hasta qué punto se puede culpar a los padres por las acciones de los hijos? Cuando esos padres, de México o de cualquier otro país, llegan a Estados Unidos con la esperanza de una vida mejor para ellos y su familia, pensando que “el otro lado” es todo color de rosa, la verdad es que se enfrentan al racismo, al rechazo y a la dificultad del idioma. Viven amontonados en una casa pequeña, porque no les alcanza para más. Las segundas generaciones no pueden comunicarse, muchos se niegan a hablar español, los aleja cada vez más una barrera invisible que transforma sus relaciones. Dolorosamente se avergüenzan de sus raíces y es una pena. Los integrantes de las pandillas encuentran en esa unión una nueva hermandad. Los envuelve una bruma de violencia y lucha por dominar el territorio, “que no se metan con su calle, que no les roben clientes a su droga o lo van a pagar”, cubiertos de ira desfogan sus miedos, su propia angustia, enterrando la navaja. Los mueve el dinero, el sexo y la droga, no entienden de valores, ¿cómo van a comprender algo que no les fue inculcado? Claro, existen las excepciones, pero los que viven en un barrio donde los primos, los hermanos, los amigos, los vecinos forman parte de una pandilla no tienen muchas opciones y pertenecer a ella les brinda la seguridad que no encuentran en otra parte, —le entras o le entras— me dijo Raúl. El vuelo había llegado a su destino y la plática no daba para más. Cada quien tomó su rumbo. Nos despedimos, los vi alejarse, símil de almas en pena, fantasmas enclenques… Han pasado cinco años del encuentro con esos dos chicos, a veces me pregunto, ¿seguirán con vida?, ¿tratarían de cruzar la frontera ilegalmente para regresar al único mundo que conocen?, ¿formarían su propia pandilla? Lo cierto es que repiten un patrón de conducta y al parecer no termina. Es un ciclo que sólo unos cuantos logran romper. Mientras tanto, los integrantes de esos barrios siguen protegiendo sus espaldas, con revistas amarradas al pecho, armas blancas o de fuego para hacerse fuertes y de esa forma sobrevivir, pues nunca saben si en la siguiente pelea ganarán la batalla.

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