Yo, de niña.

Es con el corazón como vemos correctamente; Lo esencial es invisible a los ojos. Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. Todos tenemos anécdotas que recordar de la niñez, pues esas experiencias han contribuido a nuestro desarrollo e inclusive, influyen en la etapa adulta para tomar decisiones, ya que nos hemos forjado durante ese periodo y gran parte de lo que somos hoy es un reflejo de ello. Nos marcan las personas, las experiencias, las situaciones, favoreciendo al cúmulo de vivencias y reminiscencias, así como del despertar en el asombro y la curiosidad. No recuerdo dónde leí o escuché que cuando no encuentras tu vocación o tu pasión, pienses en tu niñez e intentes hacer de tu vida un juego. Yo, cuando pienso en mi niñez, pienso en mi prima Gloria. Mi prima Gloria es un ser maravilloso y fuerte, un ejemplo de vida. Era gemela. Las niñas adelantaron su llegada a este mundo con cinco meses de gestación, un 17 de mayo de 1980. Los médicos creían que no pasaría la noche, aun así, introdujeron su pequeño y flácido cuerpo en la incubadora. Para su sorpresa Gloria vivió. Cecilia pereció al día siguiente. Mi prima Gloria se enfrentó al mundo sin vista, por la negligencia médica de no vendar sus ojos cuando estuvo en la incubadora, sin embargo, esa discapacidad no detuvo su caminar por la vida. Sus ganas de oler, de probar, de tocar, de escuchar, de sonreír. Desarrolló todos los sentidos para sustituir el faltante, que a fin de cuentas, nunca conoció. Te pregunto, ¿cómo juegas con una niña de tu edad que no ve? Muy sencillo. Usando el resto de los sentidos igual que ella. Jugando con la imaginación. Creando historias. Comiendo nieve, galletas, papitas, dulces, pasteles de chocolate. Inventando canciones, disfrazándote, dejando que sea tu muñeca, para pintarla y vestirla y luego al revés, aunque el maquillaje no quede parejo. Narrando las caricaturas de la tele, o escuchando los discos de Cri-Cri, haciendo galletas de lodo o, simplemente, tirarte en el pasto para sentir el viento sobre el rostro. Gloria me enseñó a ver la transparencia del alma, a apreciar a las personas por cómo se siente su vibra y su energía, no por lo que llevan puesto o por la belleza física, sino por el tono de su voz y, sobre todo y lo más importante, a enfrentar el día a día con entereza y tesón, a ser fuerte a pesar de las adversidades, a vivir libre de rencores o de complejos. Por eso, cuando me enfrento a un problema, recuerdo a mi prima y todo me parece más sencillo, pues como ella, las personas con alguna discapacidad son una especie de ángel, que vienen a enseñarnos sobre las cosas esenciales de la vida, como el amor, la fe y la certeza de que estamos aquí para aprender y ayudar a otros, sobre todo a recordarnos que nunca debemos olvidarnos del niño que llevamos dentro.

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