martes, 4 de septiembre de 2012

¿La tribu Gwinch’in y usted, tienen algo en común?

Por mil generaciones, la tribu Gwinch’in vivió en el norte de Alaska aislada casi por completo de otras culturas. Los miembros de la tribu eran completamente autosuficientes; sobrevivían gracias a las habilidades que les habían enseñado sus padres y mayores. En 1980, uno de los líderes de la tribu adquirió una televisión. Los miembros de la tribu describieron el evento como el principio de una adicción. Pronto empezaron a hacer caso omiso de las costumbres autóctonas para poder pasar más tiempo frente al televisor. Un investigador dijo sobre la experiencia de la tribu: “Para esos nativos, como para todo el mundo, la televisión es un gas cultural neurotóxico. No tiene olor, no duele, no sabe a nada y es mortífero”. ¿Qué pasó con las tradiciones Gwinch’in que habían existido por miles de años? En palabras de un miembro de la tribu: “La televisión nos hizo desear ser algo distinto de lo que éramos. Nos enseñó la codicia y el desperdicio y, ahora, todo lo que éramos ha desaparecido” La televisión cambia nuestra visión del mundo y nos puede alentar a llegar a conclusiones irreales, y con frecuencia dañinas, que reducen nuestra sensación de satisfacción en la vida en más de un 50%. A diferencia de la lectura, porque al leer se compromete la mente, ejercitamos nuestra memoria e imaginación y esto puede contribuir a nuestra felicidad, de forma similar a como lo hace el pensar positivo. Los lectores frecuentes tienen un ocho por ciento más de posibilidades de expresar satisfacción diaria. (Los 100 secretos de la gente feliz). Sin embargo, somos los únicos que tenemos el control para decidir si prender o apagar la pantalla. Existen intereses detrás para no modificar la programación, es la estrategia que utilizan para manipular y ejercer poder sobre las mentes débiles, así como también coartar la libertad de expresión; limitar el desarrollo y la creatividad, imponer su voluntad y presentar el programa que se les viene en gana, algunos se cuestionarán si lo que ven es cierto, otros lo dan por sentado, unos cuantos quieren ser como el protagonista de la tele y poco a poco el sutil estupefaciente va logrando su objetivo hasta atrapar al televidente en su telaraña de mundo ficticio. En esa falacia que hace que todo se vea mejor detrás de la pantalla y se robe horas al día que pudieron haberse empleado en algo más provechoso.

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