viernes, 23 de enero de 2015

Uno de los temas que abordo en mi libro: La llave.

El ego es todo lo contrario a la sencillez. Es esa vocecilla que nos grita por más, es otra manera de nombrar a la ambición, es ese animal hambriento que vive dentro de nuestro ser y se alimenta del Yo. Todo a nuestro alrededor influye para que el ego crezca, la misma sociedad nos impulsa a eso: A ser competitivos, a tener cada vez más (cosas materiales, títulos, reconomientos, etcétera), con la falsa idea de que eso nos hace mejores. En ocasiones se confunde el ego con exceso o carencia de autoestima, aunque en lo personal considero que son dos cosas distintas, ya que puedes tener un autoestima elevado y no por eso exceso de ego. El ego siempre está buscando satisfacer tus deseos con base en parámetros sociales, lo cual no permite que despiertes la conciencia de tu ser. Osho, en El libro del ego, menciona un ejemplo maravilloso. “Alejandro Magno tenía enormes problemas. Su yo interno quería ser el conquistador del mundo, y casi llegó a conquistarlo. Digo casi por dos razones. En su época, no se conocía la mitad del mundo, por ejemplo América. Y, además, entró en la India, pero no la conquistó; tuvo que retirarse. No era muy mayor, sólo tenía treinta y tres años, pero durante aquellos treinta y tres años se había limitado a pelear. Se había puesto enfermo, aburrido de tanta batalla, de tanta muerte, de tanta sangre. Quería volver a su patria para descansar, y ni siquiera logró eso. No llegó a Atenas. Murió en el camino, justo un día antes de llegar ahí, veinticuatro horas antes. Pero, ¿y la experiencia de toda su vida? Cada vez más rico, más poderoso y después su absoluta impotencia, al no ser capaz ni siquiera de retrasar su muerte veinticuatro horas. Había prometido a su madre que una vez que hubiera conquistado el mundo volvería y lo pondría a sus pies como regalo. Nadie había hecho semejante cosa por una madre, de modo que era algo único. Pero aun rodeado de los mejores médicos se sintió impotente. Todos dijeron: —No sobrevivirás. En ese viaje de veinticuatro horas morirás. Será mejor que descanses aquí, y quizá tengas alguna posibilidad. No te muevas. Ni siquiera creemos que el descanso te sirva de mucho. Te estás muriendo. Te acercas cada vez más, no a tu patria, sino a tu muerte, no a tu hogar, sino a tu tumba. —No podemos ayudarte. Podemos curar la enfermedad, pero no la muerte. Y esto no es una enfermedad. En treinta y tres años has gastado tu energía vital en luchar contra esta nación y contra la otra. Has desperdiciado tu vida. No es enfermedad, simplemente has gastado tu energía vital inútilmente. Alejandro era un hombre muy inteligente, discípulo del gran filósofo Aristóteles, quien fuera su tutor. Murió antes de llegar a la capital. Antes de morir le dijo a su comandante en jefe: —Este es mi último deseo que debe cumplirse. ¿Cuál era aquel último deseo? Algo muy extraño. Consistía en lo siguiente: —Cuando llevéis mi ataúd a la tumba, debéis dejar mis manos fuera. El comandante pregunto: —Pero, ¿qué deseo es ése? Las manos siempre van dentro del ataúd. A nadie se le ocurre llevar un ataúd con las manos del cadáver fuera. Alejandro replicó: —No tengo muchas fuerzas para explicártelo, pero, para abreviar, lo que quiero es mostrar al mundo que me voy con las manos vacías. Pensaba que era cada día más grande, más rico, pero en realidad era cada día más pobre. Al nacer llegué al mundo con los puños apretados, como si sujetara algo en mis manos. Ahora, en el momento de la muerte, no puedo irme con los puños apretados. Para mantener los puños apretados se necesita vida, energía. Un muerto no puede mantener los puños cerrados. ¿Quién va a cerrarlos? Un muerto deja de existir, se le ha escapado toda la energía y las manos se abren por sí solas. Que todo el mundo sepa que Alejandro Magno va a morir con las manos vacías, como un mendigo”. Como seres humanos, siempre nos preocupamos más por conseguir en vida logros que alimentan el ego y no el espíritu. Nos cuesta trabajo despojarnos de los patrones aprendidos del deber-ser, que es lo que se espera de nosotros, pues es difícil ir en contra de la corriente. Sin embargo, una vez que se entiende y se vive intentado despojarse del ego, entras en otra frecuencia que no concibe egoísmos y se disfruta la vida de diferente manera, saboreando de los placeres que a simple vista parecen los más pequeños, aunque en realidad son los más grandes.

1 comentario:

SÓLO EL AMOR ES REAL dijo...

Excelente tu escrito sobre el astuto ego...
paz y luz
Isaac