miércoles, 1 de octubre de 2014

Sofocando el llanto.

Hace algunos días estaba leyendo un artículo sobre Las Plañideras, mujeres que contrataban en el antiguo Egipto para expresar el dolor en los funerales, porque los deudos tenían prohibido llorar en público. Se vestían con túnicas azuladas, los senos al aire libre y el cabello suelto. Elevaban los brazos como signo de desolación y lloraban a grito abierto, quizá recordando a sus muertos, alguna pena propia o vaya usted a saber, tal vez sólo sacaban a relucir su vena actoral. Luego los romanos continuaron con esa tradición, pensando que el número de plañideras contratadas indicaba su estatus social y también el aprecio por el difunto. Lo que más llamó mi atención es que usaban un vaso especial llamado lacrimatorio, para guardar las lágrimas, y lo enterraban con los restos mortuorios, para honrar al difunto. En cuanto a la tradición cristiana, se creía que esas mujeres con sus llantos desgarradores abrirían las puertas del cielo. Para mí, el llanto es una válvula de escape que me desinfla y a la vez sirve para deshacerme de todo sentimiento negativo. Por eso pensé, por ejemplo, cómo sería en aquel tiempo para una madre tener que aguantar las lágrimas por la muerte de su hijo, aparentar tranquilidad y comportarse a la altura de lo que exigía el protocolo. El retener las emociones genera pesar en nuestro espíritu, y si pensamos que todo es energía, nuestras emociones son la expresión misma de ella, por eso se transforma o se exterioriza a través de acciones como la palabra, el llanto o la risa, por mencionar algunas. Aun en la actualidad, nos enfrentamos a esa presión egipcia: Quién no ha escuchado “Los hombres no lloran” o “Estás llorando como niña” y miles de frases similares que orillan a reprimirse hasta que toda la carga a lo largo de los años puede detonar en una serie de complicaciones físicas y psicológicas, pues nadie quiere lucir débil ante los demás. El ser humano, entre más niega, se cierra o aferra a algo, incrementa y otorga poder a eso de lo que pretende huir y lo único que logra es dañarse a sí mismo. El insomnio, la conducta compulsiva, las adicciones, el estrés o los problemas digestivos, pueden ser un ejemplo del lenguaje corporal que se manifiesta por el sofoco de las emociones (claro, existen muchos otros detonantes y es mucho más complejo que eso, pero centrémonos en el tema de no expresar lo que sentimos). Sé que no es tarea fácil arrancar el bagaje negativo y transformarlo en ese cristal salado que nuestra ventana del alma deja escapar al abrir la válvula de desfogue, pero, sin duda, el llanto es una liberación, un torrente que limpia. Incluso en países como Japón o Chile practican la terapia del llanto. El Dr. Hugo Fuchslocher menciona que: “Las lágrimas contienen hormonas muy similares a las del crecimiento. De esta manera el llanto en los adultos podría relacionarse también con procesos evolutivos a nivel interno, como lo son la maduración y la elevación a nivel conciencia”. Así que no tengamos pena de expresarnos o de llorar como plañideras (digo, tampoco es que vamos a ir “chillando” por los rincones a cada rato, pero sí encontrar un momento para limpiar el interior). Sintámonos orgullosos de que somos lo suficientemente valientes y tenemos la fortaleza de ser nosotros mismos y de perseguir nuestra felicidad sin importar lo que piensen los demás. Al fin de cuentas, de eso también se trata este viaje de la vida: De expresarnos con palabras, con gestos, con abrazos y, ¿cómo no? ¡Con lágrimas!

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