La conocí una tarde de domingo. Me encontraba sentado en la esquina de un viejo restaurante, de esos que te remontan a una época antigua, antiguo en su estructura y en su mobiliario, mi olfato podía percibir cierto olor a moho, quizá entre las paredes, quizá entre las cortinas o tal vez fuesen los manteles. Tomaba un café negro y sin azúcar que por cierto ya estaba perdiendo su tibieza y el mesero no se acercaba para preguntar si rellenaba la taza de barro. Levanté la vista de mi bebida y observé tras el gran ventanal que daba hacia la calle, una mañana impregnada de neblina, la ciudad empezaba a despertar. El agetreo humano no se detenía a pesar de que el cielo amenazaba con mojar todo a su paso, justo en ese momento la vi. Ella, mujer de ojos grandes y negros como la noche que en aquel momento resultaron un enigma colosal para el corazón, ella de cabellos oscuros y piel tostada, caminaba tan erguida como su esbelto esqueleto se lo permitía, me representó una gacela en movimiento, l...